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Las distopías cotidianas

Amanece. Suena el despertador en tu smartphone e inmediatamente el sistema publica un mensaje en la red social de moda avisando de tu disponibilidad para interactuar. Tus hábitos son compartidos y se activan los mecanismos mercantiles asociados.

Una ducha rápida mientras escuchas música con tu sistema de streaming preferido. La aplicación te ofrece la música que cree que puede gustarte. No se lo has pedido, pero tus datos interesan a los ejecutivos de las grandes discográficas y ellos quieren darte la mejor oferta. Puede que hoy no compres ninguna canción, pero algún día pasarás de cliente potencial a cliente de facto.

Mientras tomas un café miras el periódico en internet y un cartel te avisa del uso de cookies en tu navegador. Nadie te avisa de los usos que van a dar a los datos recopilados durante la navegación.

Después de abrigarte dejas tu hogar y caminas hacia el suburbano. Bajas las escaleras y te encuentras con un cartel de protección de datos informando de cómo puedes ejercer tus derechos para ser eliminado de los archivos de datos. Nadie te informa del uso de esos datos que se puede llegar a realizar si no ejerces tus derechos. Es habitual ver imágenes de las cámaras del metro en los informativos y esperas no verte nunca en esa situación.

Sales a la calle y caminas hasta el edificio donde trabajas. En la entrada te registran los datos personales para el control de seguridad, también tienes un cartel que te informa de cómo ejercer tus derechos pero en ningún momento te informan de sus obligaciones a la hora de custodiar tu información. Esa información no se ofrece, hay que pelearla.

Vas a comer y usas tu tarjeta de crédito para pagar. El restaurante registra tus datos, la hora de la comida y el importe. Además el banco obtiene esos datos a través del datáfono. Son datos interesantes para explotar y nadie te dice qué están haciendo con ellos ni cómo ejercer tus derechos. No dudes de que esos datos son útiles al departamento de marketing del banco.

Al rellenar de combustible el depósito de tu coche un cartel te informa de que tus acciones están siendo grabadas para evitar que huyas sin pagar. Lo curioso es que todos los surtidores de combustible están en prepago, lo que quiere decir que sin un pago previo no te suministran combustible. Entonces... ¿por qué grabar a una persona mientras maneja una manguera de un surtidor?

Consultas tu buzón y descubres varios correos electrónicos de publicidad. Los marcamos como spam sin preguntarnos cómo ha llegado nuestra dirección a una lista de distribución. No le damos importancia.

Abres tu libro electrónico con conexión a internet gratuita por parte del proveedor. Desde que lo empezaste a usar comenzaste a recibir correos electrónicos con recomendaciones de lectura que encajan exactamente con lo que tienes en tu dispositivo.

Cuando ves una película en el último dispositivo de moda te avisan contra la piratería. Es irónico que esos mensajes solamente los vean los que han pagado de forma legal por el contenido multimedia. En los contenidos pirateados nunca aparece ese mensaje. Tu eres el objetivo comercial, no los piratas multimedia.

Todas estas acciones cotidianas han ido entrando en nuestra vida poco a poco, sin hacer ruido. Nuestra intimidad es un negocio que está siendo explotado en silencio y con nuestro consentimiento.

Vivimos una distopía consentida, cotidiana.

Alimentamos a un sistema que no busca nuestra felicidad ni nuestro bienestar. Busca el beneficio comercial y para ello nos convierte en engranajes del intercambio de información. Y nosotros entramos a formar parte del juego de forma voluntaria.

Cuando nos ofrecen algo gratuito deberíamos desconfiar, ya que en lo gratuito es tu información el pago que estás ofreciendo. Orwell y Huxley se habrían escandalizado al ver cómo hemos vendido nuestra intimidad por algo tan nimio como un falso ocio. Nos crean necesidades comerciales por las que somos capaces de pagar y que son utilizadas para obtener datos estadísticos con los que crearnos nuevas necesidades comerciales.

Nuestras libertades permanecen intactas hasta que se interponen en el camino de una necesidad de un poder mayor. Entonces se maquillan y se incluyen carteles para que podamos ejercer nuestros derechos. No se nos pregunta cuando usan nuestra información pero sí se nos invita a participara activamente en evitarlo a posteriori.

Cuando usan nuestros datos personales nadie nos pide permiso, pero, cuidado, el uso por parte de un particular de una marca comercial puede acarrear consecuencias legales. Es el pez grande contra el pez pequeño y en este mar tormentoso debemos aprender que la fuerza del cardumen puede parar los motores del barco más potente.

El individuo tiene tanta fuerza como el movimiento social al que pertenece. Las cartas de derechos humanos, los derechos laborales, el derecho a la intimidad y la privacidad son el escaparate con el que nos han vendido un sistema que no funciona, que juega con nuestra información y nuestra privacidad como moneda de cambio mientras nos sigue vendiendo la libertad como el fin último. ¿Libertad con qué objetivo? Con el objetivo de perpetuar la rueda de la macroeconomía y el reparto de beneficios.

El peligro no es la llegada de un gobierno o sociedad que cambie la vida de los ciudadanos. El peligro son estas distopías cotidianas, que admitimos a cambio de chucherías y que van calando poco a poco en la sociedad hasta que nos parece normal el renunciar a ciertas libertades.

El peligro no llega con una explosión, llega con un gemido.



El editor.


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